Vivimos en un entorno laboral cada vez más dominado por la tecnología. Herramientas inteligentes, plataformas colaborativas, sistemas de control en tiempo real… Todo parece diseñado para mejorar la eficiencia. Sin embargo, detrás de esta aparente agilidad, se está gestando un nuevo riesgo para la salud laboral: el tecnoestrés.
Este término, que comenzó a estudiarse en los años ochenta, ha cobrado plena vigencia en la era de la hiperconectividad. Ya no hablamos solo de aprender a usar un programa nuevo o adaptarse al teletrabajo: el tecnoestrés actual está vinculado a la presión constante por responder rápido, estar disponible, procesar más información y competir, casi sin darnos cuenta, con la inteligencia artificial.
Durante una reciente intervención en un congreso de prevención, Javier Colino de León, director del Área Norte de ASPY Prevención, abordó con claridad esta problemática. Según explicó, el tecnoestrés no lo generan las máquinas en sí, sino la forma en que las organizaciones están incorporando las nuevas tecnologías. “No es que los robots nos estresen”, afirmaba, “es que el ritmo que se nos impone para mantenernos al nivel de las máquinas es inhumano”.
El problema va más allá del agotamiento físico. Se trata de un desgaste emocional profundo, de una sensación de insuficiencia permanente. La persona siente que, por más que se esfuerce, no llega. Que siempre hay una actualización pendiente, un nuevo sistema que dominar, una tarea que automatizar. Y, mientras tanto, su trabajo sigue siendo evaluado con los mismos estándares que una máquina: velocidad, rendimiento, disponibilidad absoluta.
En el caso de los trabajadores del sector tecnológico, la paradoja es especialmente evidente: quienes diseñan o mantienen herramientas digitales también sufren las consecuencias de su implementación. Pero este fenómeno no se limita al ámbito tech. Afecta a cualquier sector donde la tecnología ha acelerado los procesos sin revisar las condiciones humanas en las que se aplican.
¿Qué hacer ante esta realidad? La prevención es clave, pero no basta con talleres sobre “desconexión digital” o gestionar el estrés con mindfulness. Se necesita un cambio organizativo. Replantear cargas de trabajo, recuperar el valor del descanso, fomentar la autonomía real en el uso de herramientas digitales y, sobre todo, reconocer que detrás de cada pantalla hay una persona. Una persona que necesita tiempo para pensar, equivocarse, decidir y, a veces, simplemente parar.
El tecnoestrés no es un síntoma de debilidad individual, sino una alerta sobre cómo estamos gestionando la transformación digital. Escuchar esta señal puede ser la diferencia entre una digitalización productiva… y una que termine por desconectar lo más importante: el bienestar de las personas.