Cada vez que menciono que uso inteligencia artificial en mi trabajo, veo la misma reacción: una mezcla de escepticismo y desaprobación, como si estuviera confesando que hago trampa. Es curioso, porque nadie cuestiona que use Excel en lugar de calcular a mano, o que escriba en Word en lugar de usar una máquina de escribir.
Pero con la IA, de repente, parece que estamos cruzando una línea moral invisible.
El eterno retorno de la resistencia al cambio
Esta historia la hemos vivido antes. Muchas veces.
¿Recuerdas cuando apareció el copiar y pegar en Windows? Hubo quien lo consideró una forma de pereza intelectual. “Antes teníamos que reescribir todo, eso nos hacía pensar más”, decían. Hoy, nadie en su sano juicio reescribiría manualmente un párrafo que ya tiene redactado. El copiar y pegar no nos hizo peores profesionales; nos liberó de trabajo mecánico para centrarnos en lo importante.
Los abogados y la jurisprudencia. Durante décadas, los juristas han utilizado sentencias previas, argumentarios consolidados y modelos de escritos para construir sus casos. Nadie dice que un abogado que cita jurisprudencia está haciendo “trampa” o que su trabajo vale menos. Al contrario: se le valora por saber encontrar, seleccionar y aplicar esos precedentes de forma inteligente. La habilidad no está en inventar la rueda cada vez, sino en saber qué rueda usar y cómo adaptarla.
El corrector ortográfico de Word. Cuando apareció, hubo resistencia. “La gente dejará de saber escribir correctamente”, advertían. ¿Y qué pasó realmente? Que pudimos centrarnos en el contenido, la estructura y la claridad del mensaje, en lugar de obsesionarnos con cada tilde. Los buenos escritores siguieron siendo buenos escritores. Los malos siguieron siendo malos, pero con menos faltas.
Las hojas de cálculo. Imagina decirle hoy a tu equipo financiero que abandonen Excel y vuelvan a hacer todas las operaciones a mano, con lápiz y papel. O que los ingenieros renuncien a AutoCAD y vuelvan al tablero de dibujo. Absurdo, ¿verdad? Sin embargo, estas herramientas recibieron el mismo recelo en su momento: “automatizar los cálculos hará que perdamos capacidad de análisis”.
La calculadora frente al ábaco. Hubo un tiempo en que usar una calculadora se consideraba casi una herejía educativa. “Los estudiantes deben aprender a calcular mentalmente”, se decía. Y sí, las matemáticas mentales tienen su valor, pero nadie cuestionaría hoy a un ingeniero por usar una calculadora para verificar sus cálculos. La herramienta no sustituye el criterio; lo potencia.
El verdadero valor profesional
Aquí está el error de concepto: confundimos el esfuerzo con el valor.
Un informe no vale más porque lo hayas escrito letra por letra en lugar de usar plantillas, corrector ortográfico y, sí, asistencia de IA. Vale más si es claro, preciso, útil y aporta insights relevantes. Un código no es mejor porque lo hayas escrito todo desde cero sin consultar Stack Overflow o usar autocompletado. Es mejor si funciona, es mantenible y resuelve eficientemente el problema.
La IA, como todas las herramientas anteriores, no sustituye el criterio profesional. No piensa por ti. No decide qué es relevante o qué dirección tomar. Lo que hace es:
– Eliminar fricciones operativas (redactar un primer borrador, estructurar información, resumir documentos largos)
– Acelerar procesos repetitivos (análisis de datos, generación de reportes estándar, búsqueda de información)
– Amplificar tu capacidad (explorar más opciones, validar enfoques, identificar patrones)
El profesional sigue siendo quien:
– Define el problema
– Evalúa la calidad del resultado
– Aporta contexto y criterio
– Toma las decisiones finales
– Asume la responsabilidad
La trampa de la “pureza del esfuerzo”
Rechazar la IA porque “no es trabajo propio” es como rechazar la calculadora porque “no estás sumando realmente”. Es romantizar el esfuerzo innecesario.
¿Valoramos más a un contador porque tarde tres días en hacer manualmente lo que Excel haría en tres minutos? No. Lo valoramos por su capacidad de interpretar esos números, detectar anomalías, proponer mejoras y asesorar estratégicamente.
El trabajo no vale por las horas que le dedicas ni por lo difícil que fue producirlo. Vale por el impacto que genera, la claridad que aporta y los problemas que resuelve.
Entonces, ¿qué nos da miedo realmente?
Creo que el rechazo a la IA esconde miedos legítimos pero mal dirigidos:
– Miedo a quedar obsoleto (pero la obsolescencia viene de no adaptarse, no de adoptar herramientas)
– Miedo a perder identidad profesional (pero tu identidad es tu criterio, no tu capacidad de teclear rápido)
– Miedo a que “cualquiera pueda hacer mi trabajo” (pero si una herramienta puede hacer todo tu trabajo, quizá deberías evolucionar tu rol)
La conclusión incómoda
La IA no es diferente del corrector ortográfico, la hoja de cálculo o la jurisprudencia. Es una herramienta. Poderosa, sí. Disruptiva, también. Pero una herramienta al fin y al cabo.
Los buenos profesionales siempre han usado las mejores herramientas disponibles. Los que se resistieron al cambio no lo hicieron por principios, sino por miedo. Y la historia no los recuerda con amabilidad.
Así que la pregunta no es si deberías usar IA en tu trabajo. La pregunta es: ¿por qué no lo estás haciendo ya?